Hace algunos días, una serie de acontecimientos inesperados calaron en lo profundo dentro de mi; me llevaron a reconsiderar y hasta acariciar pensamientos que ya creía desterrados; sobre los que, hasta antes de ese momento, pensaba, había alcanzado la victoria.
Los más duros juicios sobre mí, laceraban mi estima, vulneraban mis fortalezas… Sin advertirlo, mi mente estaba siendo minada con los más desalentadores pensamientos.
Fue entonces que decidí cambiar por completo el rumbo de la situación, de repente, me vi recordando uno de los versículos bíblicos de los más conocidos, aquel de la promesa de Dios al padre de la fe: Mira las estrellas en el cielo, y cuéntalas si puedes… Así será tu descendencia.
Inspirado, asomé la cabeza por fuera de la habitación, y con la respiración contenida, como quien está ante los umbrales de algo grandioso, abrí los ojos tanto como pude para contemplar el cielo… Pero estaba nublado.
Qué ironía, ¿Por qué recordar esto para infundirme de nuevas fuerzas, solo para ser invadido por el desaliento ante el evidente desenlace?
De pronto, un nuevo haz de luz comenzó a verterse entre mis pensamientos, sobre esta ironía en la que mi imaginación me llevaba a esa noche de desierto junto a Abraham; que locura hubiera sido que al decirle Dios esto, el cielo hubiera estado gris.
Y sin embargo, abrazaba cada vez con más seriedad el pensamiento del cielo nublado; ¿No era verdad que esta promesa venía a Abraham un tiempo después de haber dejado su tierra y tras algunos años de peregrinaje?, ¿Ya no había sido dada la promesa de que sería padre de una gran nación?. Y ahora lo vemos reclamando con lógica, sobre el pequeño detalle de la paternidad.
Una queja, un reclamo, un abrir el corazón de cada día, de cada noche, de madrugadas en vela, frente a un portentoso cielo, preguntando cuánto tiempo más, ante el firmamento iluminado.
Es entonces, en lo más negro de su frustración, y de su noche, que Dios irrumpe…
“Está nublado, no hay estrellas, las nubes son grises”, podríamos escuchar decir a Abraham; ahora oigámonos a nosotros mismos tomando parte de la escena y respondiendo con lógica al lado del padre de la fe, “No te das cuenta Señor de lo oscuro que está, ya no puedo más, toqué fondo, las circunstancias me agobian, no tengo la fuerza, las cuentas me están ahogando…”
Pero calmémonos un poco, escúchalo ahora hablar a El en un susurro: “Siguen ahí”. Esto causa un efecto en Abraham, él podía recordarlo; al cerrar sus ojos, cual fotografía, tenía un mapa claro de las estrellas, y eufórico empieza: “Unas pocas que forman una cruz por allá, una estrella roja por aquí, cerca a la luna, y esta otra, que brilla con gran intensidad a media noche, o aquella que solo se puede ver cuando está cercana el alba… Se da cuenta que están aún allí, detrás de esas nubes… Y en verdad, no las puede contar.
Te invito ahora a salir con los ojos de tu imaginación a lo más negro de tu noche, las estrellas aún están brillando tan fuerte como antes, las nubes que las cubren ahora son un detalle y pronto se disiparán.
Aquellas circunstancias son apenas una pequeña película de niebla que pretende obstruir nuestra visión, ¡No te quedes en la niebla!
Miremos juntos las estrellas, aquellas promesas de Dios para nuestras vidas, que siguen tan firmes como el primer día.
Creamos ahora a Dios, y que junto a Abraham, nos sea contado por justicia.
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